jueves, 9 de febrero de 2012

El Frío y Húmedo Asfalto


Pequeños pedazos de vidrio caen al suelo, el entorno se refleja en ellos como si fuesen diminutas ventanas a otro mundo, los gritos de personas y pitos de vehículos perturban el silencioso parque mientras un joven cuerpo toma su lugar en el asfalto de la avenida. Una joven de cerca de 18 años ha sido arrollada bruscamente por un vehículo que cruzo un semáforo en rojo a fondo de motor, la chica se encuentra completamente inmóvil en el caliente pavimento calentado por la luz del medio día.

La puerta de un automóvil de clase media con vidrios polarizados se abre y dejando asomarse al asfalto de la avenida un pie sale del vehículo seguido por otro, son zapatos de un cuero bien tratado, brillantes y limpios pareciendo que nunca se hubiese caminado con ellos. Del carro se baja un hombre de unos 40 años, viste traje y parece algo afanado, da unos pasos y entre los gritos que se escuchan pregunta –¿Se encuentra bien?– sin obtener respuesta alguna. Los gritos de los alrededores se intensifican pidiendo la asistencia de personal medico, que llamen una ambulancia y que alguien la atienda, pero que no dejen morir a la joven tirada entre los despedazados vidrios del parabrisas.

Una joven corre desesperada hacia la escena, pide permiso a los observadores y amarillistas que hacen presencia en e lugar y logra llegar hasta la chica que ha sido victima de tal brutalidad. Voltea a mirar al hombre del automóvil y sin piedad le grita –No se quede ahí parado como si nada hombre, coño pide una ambulancia de una jodida vez– procediendo a prestarle una atención básica, lo había aprendido en la universidad hace ya hacía algunos años. El hombre toma su teléfono y atemorizado intenta marcar el número de emergencia, tiembla y no coordina la dirección en que debe ir su dedo para marcar el número correcto. Una y otra vez marca un número de más o el número que no es, hasta que un hombre le arrebata el teléfono de las manos y marca el número correcto entregando nuevamente el teléfono para que el hombre del vehículo haga el reporte del accidente. Suena una, dos y a la tercera se escucha una voz masculina que dice: – Cuerpo de Policía de Cádiz, ¿en qué puedo ayudarle? – A lo que el hombre contesta: – “Buenas tardes, mi nombre es Fernando Villalba. Acabo de arrollar a una joven con mi vehículo – Inmediatamente el hombre da los datos pertinentes del lugar donde se encuentran y el policía procede a enviar el apoyo necesario al lugar del accidente.

Mientras tanto, la joven pide a los observadores que se alejen y se presenta como Amelia Valencia, enfermera del Hospital Universitario Puerta del Mar. Amelia procede a buscar una identificación entre las pertenencias de la joven paciente, encontrando su cartera con los documentos que la identifican como Carmen Quinayas, una joven Colombiana que se encuentra en España estudiando por un intercambio. Amelia sigue con la atención de la joven Carmen, revisa su cuerpo en busca de fracturas encontrando algunas zonas que presentan rigidez y otras con abultaciones anómalas.

La joven Carmen no tiene respuesta alguna, su respiración es leve en un nivel casi imperceptible al ojo humano, su ritmo cardiaco y presión arterial bajan segundo a segundo de una manera alarmante, de entre su hombro izquierdo y el ardiente asfalto se extiende un charco de sangre no muy prominente, pero da igual, sus ropas pueden contener abundante sangre y no dar muestra de una hemorragia de tal magnitud como la que tenía Carmen por el vidrio incrustado entre su zona escapular izquierda y el mediastino. Fernando pregunta con voz de angustia si se encuentra bien, a lo que responde Amelia con una mirada fija y frunciendo el seño en señal de negación –Esta chica va a morir si no se la traslada inmediatamente a un centro medico para una atención oportuna, está perdiendo sangre y presenta un déficit neurológico muy alto– Amelia repite nuevamente con voz de tristeza y amargura –Esta chica va a morir–.

La ambulancia se aproxima y a pesar de ser medio día el rutilante ilumina los alrededores cercanos en una combinación de rojo y blanco, la sirena aturde a su paso entre los observadores y amarillistas deteniéndose a 3 metros de la joven Carmen que yace en el asfalto. De la ambulancia descienden dos paramédicos con un claro uniforme del Hospital Universitario, dirigiéndose con gran apuro y una camilla hacia Carmen. Uno de los paramédicos que conoce a Amelia le pregunta que sucedió, y ella sin titubear cuenta cada detalle entre lo que sucedió y como se encuentra Carmen. Entre los dos jóvenes paramédicos hacen un movimiento en bloque para subir a Carmen a la camilla y luego montarla a la ambulancia, es menester transportarla con agilidad.

Ya en la ambulancia, la joven es despojada de sus ropas para darle unos barridos más profundos a su cuerpo en busca de fracturas o hemorragias no encontrados previamente. Uno de los jóvenes procede a suministrarle líquidos intravenosos mientras el otro posiciona los puntos del electrocardiograma que marcan el ritmo leve de su corazón, los sonidos se van haciendo cada vez más fuertes e insoportables y Amelia con voz de tranquilidad se dirige a Carme diciendo –Preciosa no es tu momento, todavía no ha llegado tu momento–.
Carmen abre los ojos de inmediato voltea su cara hacia el lado izquierdo y ve claramente en el despertador de su mesa de noche que son las 5:30 de la mañana. Hora en la que cada mañana suena su despertador anunciando que debe levantarse para ir a la Universidad. Carmen se levanta de su cama y comienza su rutina matutina antes de salir a abordar el bus que la lleva al otro lado de la ciudad portuaria, una hora le toma estar lista antes de salir caminando hacia la parada del bus. El día de hoy le tomo 20 minutos de más y va tarde, por lo cual sale apurada y corriendo, pues el autobús pasa cada media hora y si no llega a tiempo de seguro faltara a su primera clase de la mañana. Carmen se precipita a cruzar la avenida corriendo, con la seguridad de ver el semáforo en rojo, pero no se percata que se aproxima un automóvil a toda velocidad intentando cruzar el semáforo que recién ha pasado a rojo. El hombre en el automóvil no alcanza a frena y Carmen es arrollada fuertemente, cayendo en el frío y húmedo asfalto que aún no calienta por la falta de sol.



lunes, 6 de febrero de 2012

Cuestiones de Arte y Religión


El sonido de los pocillos posicionarse en los platos resuena entre los corredores del museo, cucharas mezclando el azúcar en el café y otro tipo de sonidos comunes en una cafetería, pero que en esta no deberían existir. Es una sala amplia e iluminada, tiene mesas perfectamente organizadas para pasar entre ellas y que a su vez los visitantes tengan el espacio necesario para su comodidad; sus paredes están decoradas con replicas de pinturas y fotografías reconocidas, a excepción de una de sus paredes en la que en toda su extensión está construido un ventanal que le da la perfecta iluminación a los lectores. En la pared opuesta al ventanal se encuentra la barra de atención, en la que algunos empleados organizan bizcochuelos y otros pasabocas predilectos por los visitantes del museo.
Una mujer se pasea entre las mesas bipersonales ofreciendo café y otras bebidas calientes a los turistas y visitantes del museo, mientras al fondo situado en una mesa completamente solitario se encuentra un hombre de hábito con las manos en su cara en una clara expresión de desesperación. En la mesa descansan paralelamente dos libros, uno a simple vista y por sus letras en dorado brillante se puede divisar que es la “Sagrada Biblia”, el otro con un poco más de esfuerzo se puede leer en su cara desgastada y molida por el tiempo “El Espejismo de Dios”.
En el otro extremo de la sala se encuentra un joven tranquilo e imperturbable, con una mirada perdida al infinito del paisaje que se divisa por la ventana, a su lado derecho se encuentra una maleta negra en la que se lee claramente la suscripción “Aaton”. Frente a él, ubicado en la misma mesa se encuentra un hombre de un poco más edad, sus brazos tienen algunas cicatrices y en su cara un tupido bigote. Éste último mira fijamente al joven mientras de su boca salen incomprensibles sonidos por lo bajo que modula, éstos se pierden entre el sonido de la porcelana.
La mujer que sigue paseándose entre mesa y mesa se acerca al hombre de hábito, le pregunta si desea tomar algo y dejando una servilleta debajo del pocillo con una infusión de manzanilla y cidrón se aleja con la misma tranquilidad con que llegó. El hombre en hábito toma la servilleta y sonríe dejando algunas monedas para pagar su bebida, luego voltea su mirada al otro extremo de la sala y después de un sutil movimiento con su cabeza se desplaza hacia la salida de la sala. Luego de algunos minutos y del silencio del que ya hacen parte las porcelanas resonando, un teléfono celular hace su aparición en la sala. Bruscamente todo el mundo voltea a mirar al extraño hombre de tupido bigote sentado frente al joven imperturbable, el hombre de bigote desesperado saca su celular de una piernera común en las fuerzas policiacas, contesta con un bajo pero audible “¿Alo?”, a lo que luego de un momento replica con un “Sí, ya estamos listos” y seguidamente cuelga su teléfono guardándolo de nuevo en su piernera. El joven mira al hombre de bigote y poniéndose de pie carga su maletín, mira a la mujer que en ese momento se encuentra detrás de la barra y se dirige hacia la salida de la sala seguido por el hombre de bigote y la mujer.
Las luces se apagan, hay gritos entre los corredores y personas siguen las señales de ruta de evacuación que se ven con las luces de emergencia. Nadie sabe que ha pasado, algunas voces gritan que es un atentado, otros dicen desesperados que es un incendio, pero al parecer ninguna de las dos cosas sucede en los 5 minutos que lleva el museo en completa oscuridad. Los ingenieros tratan de localizar y solucionar el problema del apagón, pero por más que buscan en el sistema eléctrico del museo, no encuentran la causa de la falla eléctrica.
El museo estaba dividido en 5 pisos, el 3ro no estaba abierto al público, era el piso más seguro y debía serlo. Su contenido era un misterio para los visitantes del museo, siempre preguntaban a los empleados que les daban el recorrido, pero éstos siempre negaban el conocimiento de algún contenido en el mismo; y afirmaban que es el piso administrativo del museo.
20 minutos después de la interrupción eléctrica todo vuelve a la calma, sin explicación alguna el museo por completo recupera la iluminación y todas sus funciones normales, las cámaras están encendidas, los ascensores haciendo su trabajo, los sensores de movimiento y más importante; todo el contenido está intacto, bueno, eso es lo que en un principio se creyó. El personal administrativo comienza a hacer una revisión exhaustiva de los contenidos de las galerías de arte, las pinturas, esculturas y demás obras que convierten a este museo en uno de los mejores del mundo. Todo estaba en su lugar hasta que por simple rutina se hace revista al piso 3ro, percatándose de la ausencia de su más preciado objeto. En este piso se guardaba el original “Codex Aureus de Lorsch”, un libro hecho a base de marfil que contiene los evangelios de Lorsch y dos cartas a San Jerónimo.
El cuerpo de seguridad del museo llama a la policía y de inmediato aparece el primero, es un hombre alto con un uniforme lleno de medallas, contextura gruesa y un rostro con un tupido bigote. El policía se dirige directamente a uno de los administradores del museo, éste es un hombre viejo y de una presencia sabia, el tiempo solo lo ha preparado para enfrentar las adversidades de la vida; pero al parecer no le ha quitado su constitución a pesar de estar comprometido con su hábito. Los dos hombres hablan en medio de la gran sala que contenía el valioso libro, poco a poco comienzan a llegar los detectives encargados de llevar la investigación y se concentran en hacer su trabajo.
Un reportero se acerca a la puerta de la sala y un policía lo frena, le pide la identificación y este la presenta sin reproche alguno. El joven reportero pasa la cinta perimetral y se acerca al centro de la sala donde se suponía debía estar el valioso libro, es abordado por el policía de bigote e intercambian un par de palabras. El joven baja su maletín que porta con orgullo, es una insignia para él pues fue cortesía enviada por la compra de su cámara Aaton. Éste saca de su maletín una cámara fotográfica y comienza a hacer registro de la escena del crimen, foto tras foto el joven no titubea en presionar el obturador haciendo captura de cada minúsculo detalle. El policía se acerca al joven y vuelve a decirle algo en voz baja, el joven guarda su cámara y se dirige al hombre del hábito con quien se retira de la sala, y posteriormente a la salida del museo donde los espera una vagoneta en la que se retiran del museo, ésta es conducida por una bella joven que viste el uniforme de la cafetería del museo. El vehículo después de un par de horas de viaje llega a una gran bodega deteniéndose en la puerta, ésta se abre y permite ver al fondo una figura conocida. El vehículo entra lentamente y al mismo tiempo abre sus puertas, todos los personajes nombrados anteriormente bajan del mismo y por último colocan el maletín frente al hombre de bigote.
El viejo vestido en su hábito toma el maletín y lo abre, de él saca un pesado libro que pone en una mesa con iluminación dirigida. Se pone guantes de latex antes de abrir el libro y fuertemente a los demás pronuncia las palabras “Quod est pretium vitae, ni est mysteria?”.