
Pequeños pedazos de vidrio caen al suelo, el entorno se refleja en ellos como si fuesen diminutas ventanas a otro mundo, los gritos de personas y pitos de vehículos perturban el silencioso parque mientras un joven cuerpo toma su lugar en el asfalto de la avenida. Una joven de cerca de 18 años ha sido arrollada bruscamente por un vehículo que cruzo un semáforo en rojo a fondo de motor, la chica se encuentra completamente inmóvil en el caliente pavimento calentado por la luz del medio día.
La puerta de un automóvil de clase media con vidrios polarizados se abre y dejando asomarse al asfalto de la avenida un pie sale del vehículo seguido por otro, son zapatos de un cuero bien tratado, brillantes y limpios pareciendo que nunca se hubiese caminado con ellos. Del carro se baja un hombre de unos 40 años, viste traje y parece algo afanado, da unos pasos y entre los gritos que se escuchan pregunta –¿Se encuentra bien?– sin obtener respuesta alguna. Los gritos de los alrededores se intensifican pidiendo la asistencia de personal medico, que llamen una ambulancia y que alguien la atienda, pero que no dejen morir a la joven tirada entre los despedazados vidrios del parabrisas.
Una joven corre desesperada hacia la escena, pide permiso a los observadores y amarillistas que hacen presencia en e lugar y logra llegar hasta la chica que ha sido victima de tal brutalidad. Voltea a mirar al hombre del automóvil y sin piedad le grita –No se quede ahí parado como si nada hombre, coño pide una ambulancia de una jodida vez– procediendo a prestarle una atención básica, lo había aprendido en la universidad hace ya hacía algunos años. El hombre toma su teléfono y atemorizado intenta marcar el número de emergencia, tiembla y no coordina la dirección en que debe ir su dedo para marcar el número correcto. Una y otra vez marca un número de más o el número que no es, hasta que un hombre le arrebata el teléfono de las manos y marca el número correcto entregando nuevamente el teléfono para que el hombre del vehículo haga el reporte del accidente. Suena una, dos y a la tercera se escucha una voz masculina que dice: – Cuerpo de Policía de Cádiz, ¿en qué puedo ayudarle? – A lo que el hombre contesta: – “Buenas tardes, mi nombre es Fernando Villalba. Acabo de arrollar a una joven con mi vehículo – Inmediatamente el hombre da los datos pertinentes del lugar donde se encuentran y el policía procede a enviar el apoyo necesario al lugar del accidente.
Mientras tanto, la joven pide a los observadores que se alejen y se presenta como Amelia Valencia, enfermera del Hospital Universitario Puerta del Mar. Amelia procede a buscar una identificación entre las pertenencias de la joven paciente, encontrando su cartera con los documentos que la identifican como Carmen Quinayas, una joven Colombiana que se encuentra en España estudiando por un intercambio. Amelia sigue con la atención de la joven Carmen, revisa su cuerpo en busca de fracturas encontrando algunas zonas que presentan rigidez y otras con abultaciones anómalas.
La joven Carmen no tiene respuesta alguna, su respiración es leve en un nivel casi imperceptible al ojo humano, su ritmo cardiaco y presión arterial bajan segundo a segundo de una manera alarmante, de entre su hombro izquierdo y el ardiente asfalto se extiende un charco de sangre no muy prominente, pero da igual, sus ropas pueden contener abundante sangre y no dar muestra de una hemorragia de tal magnitud como la que tenía Carmen por el vidrio incrustado entre su zona escapular izquierda y el mediastino. Fernando pregunta con voz de angustia si se encuentra bien, a lo que responde Amelia con una mirada fija y frunciendo el seño en señal de negación –Esta chica va a morir si no se la traslada inmediatamente a un centro medico para una atención oportuna, está perdiendo sangre y presenta un déficit neurológico muy alto– Amelia repite nuevamente con voz de tristeza y amargura –Esta chica va a morir–.
La ambulancia se aproxima y a pesar de ser medio día el rutilante ilumina los alrededores cercanos en una combinación de rojo y blanco, la sirena aturde a su paso entre los observadores y amarillistas deteniéndose a 3 metros de la joven Carmen que yace en el asfalto. De la ambulancia descienden dos paramédicos con un claro uniforme del Hospital Universitario, dirigiéndose con gran apuro y una camilla hacia Carmen. Uno de los paramédicos que conoce a Amelia le pregunta que sucedió, y ella sin titubear cuenta cada detalle entre lo que sucedió y como se encuentra Carmen. Entre los dos jóvenes paramédicos hacen un movimiento en bloque para subir a Carmen a la camilla y luego montarla a la ambulancia, es menester transportarla con agilidad.
Ya en la ambulancia, la joven es despojada de sus ropas para darle unos barridos más profundos a su cuerpo en busca de fracturas o hemorragias no encontrados previamente. Uno de los jóvenes procede a suministrarle líquidos intravenosos mientras el otro posiciona los puntos del electrocardiograma que marcan el ritmo leve de su corazón, los sonidos se van haciendo cada vez más fuertes e insoportables y Amelia con voz de tranquilidad se dirige a Carme diciendo –Preciosa no es tu momento, todavía no ha llegado tu momento–.
Carmen abre los ojos de inmediato voltea su cara hacia el lado izquierdo y ve claramente en el despertador de su mesa de noche que son las 5:30 de la mañana. Hora en la que cada mañana suena su despertador anunciando que debe levantarse para ir a la Universidad. Carmen se levanta de su cama y comienza su rutina matutina antes de salir a abordar el bus que la lleva al otro lado de la ciudad portuaria, una hora le toma estar lista antes de salir caminando hacia la parada del bus. El día de hoy le tomo 20 minutos de más y va tarde, por lo cual sale apurada y corriendo, pues el autobús pasa cada media hora y si no llega a tiempo de seguro faltara a su primera clase de la mañana. Carmen se precipita a cruzar la avenida corriendo, con la seguridad de ver el semáforo en rojo, pero no se percata que se aproxima un automóvil a toda velocidad intentando cruzar el semáforo que recién ha pasado a rojo. El hombre en el automóvil no alcanza a frena y Carmen es arrollada fuertemente, cayendo en el frío y húmedo asfalto que aún no calienta por la falta de sol.
